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lunes, 14 de octubre de 2013

LO INSONDABLE Y LO TRANSPARENTE




 Una mirada sobre “Nostalgia de la luz”, documental de Patricio Guzmán.
http://www.filmdu.tv/nostalgia-de-la-luz/ Sección OPINÓMANOS. Criticas y Reseñas de fueradelplano



¿A dónde va nuestra parte oscura ahora que nuestra vida es transparente?

Amables, lavados, superficiales. Aptos para todo público. La fantasía de que nuestra vida puede ser observada por cualquiera sin daños colaterales se instala en nuestra percepción. La adaptación nos exige alivianarnos, flotar ingrávidamente, dejar de llevar a cuestas pesos y pasados. Debemos aprender a olvidar, porque la información se genera continuamente y pierde valor con rapidez.
Quizá sean las estrellas, a millones de años luz de distancia, el último reducto del universo que todavía no ha podido ser registrado por una cámara en tiempo real: toda la información nos llega retrasada millones de años.
Paradójicamente, no es el espacio o la distancia lo que realmente nos separa de ellas, sino el tiempo.
¿Es el tiempo entonces lo último que se resiste a ser diseccionado, medido y procesado por la tecnología?
"El tiempo presente era el único tiempo que existía", nos dice una voz en off, pausada, ceremoniosa, con acento chileno. Es el tiempo anterior a la presidencia de Allende, antes de que llegue el viento revolucionario. El fondo negro de la pantalla se cubre de un polvillo cósmico. O quizá es arena. O quizá no es la pantalla sino la bóveda del cielo. El ruido de unas estructuras que se mueven anuncia la presencia de los telescopios. Rieles, paneles corredizos, cúpulas giratorias, engranajes, poleas. Somos testigos de la apertura de una carcasa gigantesca. Si la inmensidad puede ser percibida a través del sonido, ésta seguramente es una manera.
Así comienza “Nostalgia de la luz”, el documental de Patricio Guzmán sobre la astronomía, la memoria y el desierto chileno.
"No hay nada, no hay insectos, no hay animales, no hay pájaros. Sin embargo está lleno de historia. Es una tierra castigada, impregnada de sal, donde los restos humanos se momifican y los objetos permanecen. El aire, transparente, delgado, nos permite leer en este gran libro abierto de la memoria, hoja por hoja".
Pero, a pesar de los deseos, el libro no se lee hoja por hoja. Ni siquiera está abierto. Justamente lo que el documental relata es la historia de una imposibilidad.
En el minuto 28 aparece una de las escenas más crudas y a la vez más hermosas de la película: un cementerio en el medio del desierto. Son las tumbas de los mineros. Hay cajones que están abiertos. Hay zapatos, ropa, pelo, huesos. El viento que sopla y un cielo de un azul metálico que no conoce las nubes.
En el desierto de Atacama, los campos de concentración de la dictadura han sido construidos sobre las estructuras de minas abandonadas, y éstas, sobre las tumbas de indígenas o salitreros. Al pie de los observatorios conviven dibujos precolombinos tallados en las rocas junto con infinidad de volátiles partículas de huesos de fusilados y desaparecidos.
Si estuviéramos hablando de museos y memoriales, Régine Robin (1), describiría este fenómeno de yuxtaposición como una "puesta en presencia de la historia de los estratos memoriales del lugar", necesaria para construir "una memoria crítica que tome conciencia de la relación de fragilidad que las sociedades mantienen con su pasado".
Esta memoria "no temería la indeterminación, la ambigüedad, la aporía, el espacio dialógico abierto a las significaciones memoriales, inclusive las formas que predican la ausencia de sentido y la opacidad absoluta del acontecimiento". Sería una memoria que renuncia "al fantasma de la transparencia y la autenticidad, al fetichismo de las reliquias, permitiendo la anamnesis".
Sin embargo, parece difícil huir del fetichismo de lo material cuando el relato nos muestra la imagen hipnótica de los objetos encontrados en la pampa desierta (cucharas que suenan agitadas por el viento, botellas, botas, chaquetas fantasmales) reunidos en un improvisado museo al aire libre.
   
Y más aún cuando aparecen las mujeres buscadoras de Calama. O mejor, cuando aparece nuevamente el desierto inconmensurable, y en el medio del desierto las mujeres buscando con una palita los restos de sus desaparecidos. Es sencillamente espeluznante.  
Pero una fisura comienza a abrirse en nuestra certidumbre. Imagino por un momento a nuestras madres y familiares de desaparecidos buscando restos humanos en la inmensidad del río o de la llanura argentina. Una tarea tan fuera de escala, tan desgarradora, tan íntima, que es difícil de concebir. Sin embargo, estas mujeres chilenas han pasado más de 30 años buscando en el desierto.
¿Es posible que ese dolor no se sublime nunca? Por lo contrario, ¿es posible que se concentre cada vez más hasta tener la justa medida de un hueso? "Pasé toda la mañana con el pie de mi hermano", dice una mujer, "fue el gran reencuentro y quizá también la gran desilusión". Y a la vez que percibimos claramente la magnitud del daño infligido, nos cuesta comprender si puede extraerse un sentido político de algo tan privado. "Se lo llevaron entero, yo lo quiero entero, no quiero un pedazo. Y no de él solamente, sino que de todos". La tarea no tiene fin, el duelo de estas mujeres no terminará nunca, la reparación es imposible, tanto como encontrar un cuerpo "en algún lugar de la galaxia".
Y si esta comparación es la que sostiene la tesis del documental, es a la vez el propio documental el que la desarticula. No, no es lo mismo encontrar el cuerpo de un desaparecido que encontrar un cuerpo celeste en el espacio. No es lo mismo reconstruir nuestro pasado y nuestra memoria que reconstruir el origen del universo. No es lo mismo escarbar en las capas de la tierra que auscultar el fondo del cielo. No es lo mismo, porque jamás Patricio Guzmán hubiera hecho un documental sobre los grandes telescopios que habitan el inagotable desierto chileno si esa tierra no estuviera sembrada de los huesos de los desaparecidos (2).
Es entonces cuando la poética del documental, esa comparación fascinante entre la astronomía y la memoria, y la política, esa operación fascinante entre lo deseado y lo posible, se articulan en un solo enunciado: la comparación entre las dos formas de mirar el pasado es una denuncia, no una metáfora.
Entonces, si de lo que habla el documental es en definitiva de la imposibilidad de transparentar el pasado y si esa imposibilidad se denuncia como política, la memoria sería uno de los últimos lugares oscuros donde puede dirimirse dialéctica y críticamente algunos sentidos del mundo. Tarea eminentemente humana, por ahora ajena a la tecnología.

Por supuesto, esta no es una respuesta a la pregunta inicial.

En nuestro pequeño universo personal, habitantes de un presente perpetuo, observados, monitoreados, objeto de ingeniosos entrecruzamiento de datos virtuales, parte inconsulta de un sistema que tiene más información de nosotros que nosotros mismos, los espacios -mentales y físicos- realmente privados (ajenos a la mirada de los otros) quedan reducidos a la mínima expresión.

¿Buscará entonces nuestra parte oscura formas novedosas y creativas, más perversas o más artísticas, de manifestarse?

Fuera del Plano, 8 de octubre de 2013

Notas:
1. “La memoria saturada”, Waldhuter Editores.
2. En tren de especulaciones, podríamos decir que tampoco Ariel Dorfman hubiera escrito "Memorias del desierto"

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