NOS REUNIMOS BAJO LA INVOCACION DE LAS IDEAS DE SPINOZA: POTENCIAR LAS PASIONES ALEGRES, Y CONVERTIRLAS EN ACCIONES QUE NOS PERMITAN CONSTRUIR LIBERTAD

fueradelplano@yahoo.com.ar

lunes, 14 de octubre de 2013

LA REPRESION COMO FORMA DEL ARTE


Una mirada sobre la serie fotográfica “Cine Teatro” de Estela Izuel (sección OPINÓMANOS, criticas y reseñas de Fuera del Plano)
Hace tiempo que tengo ganas de ver esta serie de Estela editada en un libro de calidad, bien potente, tapas duras, la mejor impresión. No sé por qué pero quisiera ver plata invertida en publicar esa serie, derroche de dinero, lujo. Por una vez, quiero ver exceso y abundancia ahí, no en otro lado. Sobredosis de belleza, despilfarro de arte. Sin esfuerzo, sin lucha (de los mismos de siempre). Un libro hiper merecido, y no me refiero (sólo) a que Estela se lo merece por su trabajo consecuente, cuidado, terco en el buen sentido, ni tampoco a que se lo merece como cualquier artista que, más allá de los premios (bien numerosos), sostiene su obra gracias a (o a pesar de) un empleo kafkiano.
Me refiero a que son las propias fotos las que se lo merecen y piden a gritos ser parte de un libro.
La serie admite ser mirada de muchas maneras. Si suspendemos la atención en los detalles, puede verse como una totalidad. Un vuelo a velocidad crucero nos lleva por un recorrido en el que vamos acumulando información provisoria para las preguntas que nos van surgiendo: ¿actualidad o pasado? ¿abandono o rareza arquitectónica? ¿pobre o lujoso? ¿presencia humana o desolación? ¿chico o grande? ¿en uso o en desuso? ¿maqueta o realidad? ¿hermoso o bizarro? ¿acá nomás o allá lejos?  ¿Dónde?
¿Dónde están estas magníficas salas de cine y teatro? El hallazgo nos hace pensar en el descubrimiento de una cueva con pinturas rupestres en el medio del desierto, en los increíbles murales y frisos de las grutas de Ajanta escondidos durante mil años. Pero estas salas no estaban ocultas detrás de unas rocas inaccesibles o una maraña de plantas y hojas. Un cartel de estacionamiento, la entrada de una iglesia evangélica, los afiches que promueven las actividades de una comunidad de inmigrantes, la fachada de un club, son las “tapaderas” detrás de las cuales encuentra Estela estas salas olvidadas.
La sensación es fuerte, porque los espacios no son pequeños, ni son desconocidos por nuestros propios contemporáneos, no nacieron para ser efímeros. Trabajo, tiempo, imaginación y energía volcados en el diseño de estas salas de los más variados estilos arquitectónicos. Ambientes sólidos, inmensos, que hasta no hace tanto tiempo convocaban multitudes, gente que se reunía para ver una película o una obra de teatro, vidas que confluían en un mismo lugar por centenares.
Elefantes dormidos en nuestra memoria. Una imagina las complicaciones para obtener el permiso de fotografiar, el viaje con todo el equipo a cuestas, la llegada al lugar, las puertas que se abren, la luz que empieza a filtrarse, el polvillo que vuela. El elefante abre un ojo y nos mira.
La fotógrafa observa. Nos da la impresión, porque la conocemos desde hace tiempo, que la fotógrafa es incapaz de modificar la escena, a lo sumo pide que le abran una puerta lateral o enciendan la luz de una araña. ¿Hay basura o carteles de publicidad? No importa ¿Hay chicos que pasan corriendo? No importa. La gracia está en no tocar nada. En conservar la distancia justa. El dedo no espera el instante preciso, porque el instante preciso no viene de algo que está por suceder sino de algo que ya sucedió. Y ese algo está completamente inmóvil, esperándonos a nosotros en ese espacio vacío. Aquí no hace falta apurarse para apretar el disparador.
Y el espacio vacío es sencillamente un lujo. Es silencio, es amplitud, es morosidad, es pensamiento en gestación, es tiempo acumulado, es todo lo que el consumismo busca devorar. Ahí está ese espacio oponiéndose al lleno total, es una reserva de oxígeno que sobrevive en medio de las ciudades saturadas. Es todavía un lugar, una hoja en blanco, no un producto.
El plano amplio que abarca la serie completa nos permite decir que las fotos son parecidas: butacas y escenarios se repiten en casi todas. Sin embargo, a medida que vamos avanzando en ese vuelo rasante vamos advirtiendo con la punta del ojo que no hay una mera repetición al estilo de las tipologías de los Becher. Cada foto es una singularidad poblada de innumerables detalles particulares y únicos.
Las fotos nos llaman entonces a mirarlas una por una. La calidad técnica de la toma nos impulsa a usar una lupa y observar todo lo que ha captado la cámara. La textura de los telones, el brillo sobre el cuero de las butacas, la aspereza de la madera de los pisos, los frisos coloridos en los balcones, la mampostería ornamental de los palcos, la entrada de luz por una ventanita o una claraboya, los apliques de plástico celeste sobre la pared, alguna herramienta u objeto dejados en el piso. Cada foto es una pieza única. ¿No es esa singularidad reconocible lo que ata a estas fotos con el afecto y las coloca un poco más allá de la mera acción de archivo o catálogo?
Con su puntillismo minucioso estas fotos nos recuerdan dolorosamente todo lo que podemos olvidar. Perder. Abandonar. Esconder detrás de una fachada. Nos hablan de los estratos de la memoria.
Y a la vez, este descubrimiento de lo olvidado, esta puesta en escena (literal) de un espacio intacto perdido en el tiempo, creo que no tendrían ese efecto hipnótico y sugerente que tiene en las fotos de Estela sino fueran el producto de un mecanismo casi opuesto: la represión.
Cualquier fotógrafo o poseedor de una cámara sabe lo difícil que es contenerse cuando uno descubre una escena que lo seduce. Agotarla desde todos los ángulos, bajo todas las luces y a todas las distancias.
Sin embargo, lo que transforma esta serie en una obra de arte es justamente lo contrario: la capacidad de la fotógrafa para mantener contra viento y marea un único punto de vista y mostrarnos una sola foto del lugar. Una única toma directa de frente. Un plano amplio que comprende toda la extensión de la sala. Un ejercicio de autocontención y elección meditada que evita la anécdota, la nostalgia y la redundancia. Un
acto sacrificial en beneficio del arte. Cada foto se convierte así en el único registro existente de esa sala y funciona como una especie de fractal, no tanto por su diseño sino por su aspiración: la de formar un todo (un libro) que página tras página pueda mostrarnos con su lánguida belleza y su cadente empecinamiento lo fácil y lo injusto que a veces resulta olvidar.
Y a la vez lo hermoso de descubrir las formas misteriosas y hasta inconscientes que tiene el arte para explorar sentidos cuando no se adelanta al efecto esperado en el observador.
Fuera del Plano, 10-9-13

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada